lunes, 22 de noviembre de 2010

Estados Unidos: La verdadera crisis

ALEX GASQUET
ALMA MAGAZINE

Cuando Denys Arcand dirigió, allá por 1986, La Decadencia del Imperio Americano difícilmente imaginara una realidad como la actual. En su película el apocalíptico planteo tenía sus raíces en los rasgos de una sociedad anclada en el consumismo, el poder y el dinero, viviendo la agonía de un Estado fracasado en todos sus frentes. Y su diagnóstico de cara al futuro era feroz: un fatal desenlace, el final de un sueño que se creía eterno. El cineasta profetizaba el fin del imperio como consecuencia de su crisis moral, no económica. Casi 25 años después, Estados Unidos atraviesa una de las peores crisis de su historia. Uno de cada siete estadounidenses vive por debajo del umbral de la pobreza, lo que supone algo más de un 14% de la población total. El nivel más dramático desde el año 1965, cuando el presidente Lyndon B. Johnson le declaró la guerra a la pobreza. Más de 50 millones de personas carecen de cobertura médica. La tasa de desempleo está en niveles récord y el déficit del presupuesto nacional ya supera el 10% del PIB. La crisis, definitivamente, es económica. Pero desnuda implacablemente la otra cara de una realidad que late bajo las ruinas de todas las certezas: Estados Unidos sufre una crisis de identidad.

Si Estados Unidos ya no es la potencia que fue. Si Estados Unidos ya no es el vigía excluyente de Occidente, el modelo a seguir, el faro que guía y la fuente de todas las respuestas. ¿Entonces qué es? El modelo Estados Unidos 2010 nos muestra un universo de rostros múltiples y antagónicos. La esperanza global generada por la victoria de Barack Obama se consumió en la primera batalla electoral de la actual Administración: Massachusetts. El presidente sobrevive con niveles de popularidad razonables, pero el mito ha caído. La realidad muestra a un 59% de la población que cree que el presidente Obama no tiene un plan claro para enfrentar la crisis.

La polarización política es mayor que nunca, la confianza de los ciudadanos en las instituciones públicas alcanza mínimos históricos y los nuevos problemas económicos difícilmente se resolverán con viejas recetas. La reducción de impuestos para las empresas no resolverá un problema de desempleo que presenta causas múltiples y complejas. A diferencia de 1929, esta crisis trae consigo una ruptura de paradigmas. Funciona como un catalizador que acelera procesos en todos los frentes. Eficientización de procesos industriales, incorporación de tecnología, agonía de la intermediación, todo acelerado por la crisis. Por lo tanto, difícilmente la sola reducción de impuestos a las empresas devolverá las fuentes de trabajo perdidas. Es necesaria la creación de nuevas empresas que produzcan los nuevos bienes y servicios de la era que viene. Y para eso hace falta inyección de dinero al sistema: créditos accesibles a la pequeña y mediana empresa.

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